Act 2 - Push Yourself ACTO Nº 2

PUSH YOURSELF Adult Lessons: el nuevo currículum de coreografía de Ian Eastwood

El brillante coreógrafo ha puesto en duda todo menos sus sueños, arriesgándose a ser expulsado del ambiente. ¡Conoce al chico que está renovando el mundo de la danza!

Esto no es Los Ángeles. Esto es la Valley. Sin rastro de turistas con los ojos pegados a las losas de cemento delante del Teatro Chino de Grauman... Sin rastro de rascacielos que se levantan desde el centro de la ciudad como un ejército de robots brillantes... Sin rastro del glamour de la vieja Hollywood, que aún ronda por el Sunset Blvd. Hasta las históricas palmeras retroceden, como si la city supiera que ya no es ese su lugar, mientras que árboles raros caducifolios sombrean el camino silencioso. Pero si escuchas atentamente y sabes dónde mirar, Valley es el lugar de las estrellas.

La academia de espejos está enclavada en uno de los muchos rincones pintorescos típicos de la Valley. Sin la sombra lanzada por los árboles, el sol es implacable incluso en un templado día de primavera. La tranquilidad es tal que el ritmo de un tema de música House que filtra por debajo de la puerta del garaje parece un corazón latiendo.

Dentro, Ian Eastwood hace el moonwalk, con los hombros arqueados y balanceando los brazos. Se ha encargado solo de una breve parte de la coreografía, pero su estilo - preciso y controlado, que une la natural desenvoltura de Michael Jackson y Justin Timberlake con los movimientos raros de marioneta y los pasos discontinuos de Bob Fosse – es inconfundible. Lleva la gorra caída sobre la frente y las mangas de la camiseta tan enrolladas que muestra el tatuaje que tiene en común con su padre: “ANCORA IMPARO” (todavía aprendo). Es el lema de la familia.

De repente se para. En unos pocos pasos llega a su portátil, hace clic en el ratón y rebobina una canción de Peter CottonTale tan nueva que todavía no tiene un título. Vuelve a empezar, repitiendo la misma frase, pero esta vez hundiendo la cabeza, un doble shimmy.

“No quiero quedarme estancado. Lo miro de 20 a 30 veces para ver si me gusta, si estoy superándome a mí mismo, si de verdad estoy poniendo a prueba mi capacidad”, declara el coreógrafo de 23 años. “Intento hacer que parezca diferente cada vez. Me gusta abrir la mente lo más posible. Cuanto más me cierro en mí mismo menos creativo me vuelvo”.

Su mentalidad innovadora es el motivo por el que hoy se esfuerza en mirar el arte de la coreografía con ese respeto y ese relieve público que todavía no se le reconoce. Pero hace solo unos pocos años, esa misma mentalidad estaba a punto de acabar con su carrera. Antes de conseguir sesenta millones de visitas en YouTube y de conquistar casi 450.000 seguidores en Instagram, antes de bailar en los vídeos de Justin Bieber y crear las coreografías para Zendaya, antes de lanzar el primer dance mixtape del mundo, Ian estaba en L.A. solo, desanimado, frustrado y dispuesto a renunciar.

“Dentro, Ian Eastwood hace el moonwalk, con los hombros arqueados y balanceando los brazos”.

“¡Recuerdo haber pensado que no había bailado y estudiado durante diez años solo para que me faltaran el respeto de esa manera! No me había matado a trabajar en esta disciplina para ser tratado como basura”, dice. “Todo esto no va conmigo”, pensaba. “Quizá sea mejor si vuelvo a casa”.

“Había trabajado demasiado duramente y se había sacrificado demasiado para renunciar. Este era su sueño. Doblégate, acepta, sigue las reglas, le aconsejaban compañeros y representantes“.

Ian no pensaba lo mismo.

Eran las primeras horas de la mañana. Ian le hacía frente a un desfase horario agotador desayunando en su barecito preferido, no lejos de casa. Eran las 9 y ya tenía hambre. En primer lugar llevaba levantado como mínimo desde hacía dos horas. En segundo lugar acababa de volver de un curso breve en Italia: en cada clase había por lo menos 700 niños y la comida del hotel era horrible.

“Enseñar es mi pasión. Lo hago con mucha seriedad”, declara, lanzándose sobre los huevos. “[Cuando empecé a enseñar a los quince años] me sentía incómodo: no me sentía capacitado. Pero para seguir estudiando necesitaba dinero, era necesario para conseguir mi objetivo”.

Ian creció en Oak Park, Illinois, hijo de dos artistas que por el día trabajaban como corredores de bolsa. Como regalo por el nacimiento de Ian, su padre dibujó para su madre la reproducción de una escena de la Capilla Sixtina en el suelo de la entrada. El porche fue transformado en una bóveda del cielo y entre las nubes vaporosas sus padres escribieron las frases de una de sus canciones favoritas, “Summertime”, dedicándoselas al hijo: “You’ll spread your wings and you’ll take to the sky” (Desplegaras las alas y llegarás al cielo).

“Había trabajado demasiado duramente, y se había sacrificado demasiado para renunciar. Este era su sueño. Doblégate, acepta, sigue las reglas, le aconsejaban compañeros y representantes“.

Pero antes de conseguir alzar el vuelo, estaba destinado a caer un par de veces... La carrera artística de sus padres, por mucho que fuera fascinante, a menudo condujo a la familia a la precariedad. Ian cuidaba perros y regaba plantas, pero el plan de sus padres era arriesgado. “Hemos vivido momentos difíciles”, afirma Ian. “Contábamos los céntimos e hipotecamos la casa para pagar mi escuela de baile. No hubiéramos debido hacerlo”.

Las clases de baile empezaron pronto. Fan de los N’Sync, Ian creaba pequeños espectáculos para sus amigos. Reconociendo su talento natural, los padres le propusieron apuntarse a clases de baile. Nunca había seguido de cerca a Michael Jackson, pero durante la primera clase el maestro enseñó la coreografía del vídeo de “Thriller” e Ian se enamoró. “Salió diciendo ‘Esto es lo que quiero hacer’”, recuerda. Tenía diez años.

Después de unos pocos meses, Ian estaba impaciente por participar en el concurso de cazatalentos organizado por la escuela: había decidido exhibirse con un baile aprendido durante las clases, pero su madre le dijo que antes le pidiera permiso al maestro. El dueño de la academia se puso furioso, su madre decidió ignorarlo e le propuso a Ian que preparara él mismo su número. Eso hizo, y el concurso de talentos fue todo un éxito.

“En mi primera coreografía me llamaron ladrón. Normalmente los bailarines se dedican a la coreografía solo mucho más tarde. Yo, en cambio, empecé cuando comencé a bailar”, sigue. Empezó a cargar sus vídeos en YouTube, esperando una reacción. La gente, en cambio, se ponía en contacto con él para pedirle clases. A los 15 años dio su primera clase remunerada de su vida.

Durante la época del bachillerato, Ian estaba tan solicitado que tenía en la agenda 54 clases en 60 días, en toda Europa. Su carrera parecía que ya estaba marcada. Después de un frenético verano, voló inmediatamente al piso que había alquilado en L.A. antes de dejar el país. Pero su vida de adulto empezaba con dificultad: exhausto después de dos meses de clase y veinte horas de viaje, acabó por sentirse mal en el aeropuerto, echándose a llorar. Por si fuera poco, no había encontrado tiempo para comprar una cama para su nueva casa. “Estaba asustadísimo. Recuerdo que me quedaba mirando fijamente al techo, pensando que esto era lo que quería desde siempre, y en cambio me sentía tan solo y lejos de casa”, cuenta Ian.

El primer trabajo aumentó sus dudas: no solo se trataba de cosas de principiantes, sino que la audición se prolongó durante ocho horas. El coreógrafo llegó con cuatro horas de retraso, sin ni siquiera molestarse en dirigir la palabra a los bailarines. La falta de respeto enfureció a Ian: ¿se había matado a trabajar solo para ser humillado de esa manera? ¿Por qué los demás bailarines aceptaban un comportamiento de ese tipo? ¿Era eso lo que se esperaban de él?

En ese caso, mejor dejarlo estar.

Hablando con su representante, le dijo que prefería la coreografía. Era un objetivo que tenía que ganarse, le contestó el representante. Así que Ian renunció, pero no a sus sueños. “No estoy dispuesto a hacerlo. Mi camino será diferente”, recuerda haber pensado en aquel momento.

Dejó de presentarse a las audiciones y se dedicó a sus vídeos; perfeccionó las coreografías y bailó con los Mos Wanted Crew en el programa TV America’s Best Dance Crew. “Estaba sinceramente convencido de que mi trabajo estaba bien hecho. Quien estaba interesado en colaborar conmigo, se daba cuenta”, afirma. “Por eso he trabajado duro por mi cuenta durante dos años, dejando escapar cualquier trabajo para terceros del sector. Ni si quiera lo intentaba. Solo quería que cada coreografía fuera lo mejor posible”.

Dos años después llegó la ocasión que honestamente, en el fondo, Ian siempre había esperado: Zendaya, actriz niña convertida en una estrella del pop, le pidió que realizara la coreografía para el vídeo de su canción “Replay”. Las desilusiones, los rechazos y la rabia desaparecieron al instante. Ian había seguido su pasión, y ahora recogía los frutos.

“Me estaba pidiendo que hiciera lo que mejor sé hacer”, cuenta sonriendo. ¿“Crees que existe lo imposible? Todo es posible...”

Rebecca Haithcoat es la exasesora de la edición musical de L.A. Weekly y ha escrito, entre otras cosas, para The New York Times, Billboard, Pitchfork y SPIN. Un tiempo preparaba chupitos de tequila con Lil Jon en Las Vegas. Síguela en Twitter @rhaithcoat.

Alexandra Gavillet es encargada de imagen. Es de Chicago, pero vive y trabaja en Nueva York y Los Ángeles.

Push Yourself ha sido presentado
por las New Wayfarer Flash

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